jueves, 29 de agosto de 2024

Los pueblos indígenas acorralados entre varios tigres

 Juan Perez Archibold
Sociologo, Filosofo y especialista en gobernabilidad y gerencia publica



Panamá es uno de los países con una legislación avanzada en términos del reconocimiento de derechos de los pueblos indígenas. Lo cual es cierto, ya que Panamá establece leyes y cartas orgánicas para las comarcas y procedimientos de consulta a los pueblos indígenas y de garantías de acuerdos de beneficios, en especial en proyectos de gran envergadura, como los proyectos hidroeléctricos, mineras y otros grandes proyectos, pero en muchas partes estas leyes son frágiles y precarios.

Sumado a eso, en 2011, la Asamblea General de la ONU y Panamá votó a favor de la Declaración sobre los Derechos de los Pueblos basados en tres grandes ejes: el deber del Estado de proteger, el deber de las corporaciones de respetar y la necesidad de poner a disposición de los afectados un amplio abanico de medidas compensatorias y de remedio.

Sin embargo, la existencia de un marco jurídico nacional e internacional vinculante y expresado bellamente con estándares de referencia claros no se traduce desgraciadamente para las comunidades indígenas, en justicia. Las negociaciones con los pueblos indígenas no solo tienen que ser justas sino legitimas socialmente y acordes con las normas nacionales e internacionales. Ante esta contradicción, las teorías de la justicia organizacional pueden resultar de gran utilidad para las comunidades indígenas y para que las empresas desarrollen sus proyectos de forma más humana dialogando y con el máximo respeto a los derechos de estas comunidades.

Mientras no se respete la seguridad jurídica de las propiedades colectivas y comunitarias, nunca habrá paz y primaran los intereses económicos expresados en los partidos políticos sobre los intereses de los pueblos indígenas. Así la historia lo demuestra, los gobernantes desde la creación de Panamá hasta nuestros días reconocen explícitamente la supremacía del libre mercado y el espíritu de la “mano invisible”.

En las comunidades indígenas fracasan muchos proyectos buenos y beneficiosos por la forma como se lleva la consulta previa libre e informada, casi siempre está plagada de errores, mala fe, engaños cometidos por todos los actores involucrados, llámese Gobierno nacional de Panamá, expertos de las empresas y muchas veces de nuestras autoridades tradicionales.

En este sentido, argumentar que una comunidad cuando rechaza o realiza protestas asusta a las empresas y que la falta de seguridad jurídica condena a Panamá a estar eternamente empobrecido, es una gran mentira.

Finalmente, las políticas públicas, las empresas y grandes ongs desarrollistas pecan de etnocentrismo al intentar imponer sus propios modelos de desarrollo, basados habitualmente en los criterios clásicos occidentales de bienestar, confundiendo modos de vida y pobreza. Las comunidades indígenas tienen el derecho de decidir ellas mismas el desarrollo que más les conviene.

En este sentido, los gobernantes y sus partidos políticos tienen que decidir si quieren ocupar las estructuras gubernamentales para enriquecerse o para construir el Estado para todos.

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