En este contexto, tenemos tres desafíos que se relacionan y
dinamizan mutuamente.
Una nueva forma de sentir y
reconstruir nuestra memoria.
Fundamentalmente, es la reconstrucción de la experiencia radical y
profunda de los pueblos indígenas, esto es trazar el mapa de nuestros valores, historia y lengua. Un enfoque en el que podemos exclamar,
asombrarnos, para conocernos, sentir la comunidad y reconstruir la vida. Pero
para eso tenemos que fortalecer nuestro sistema educativo propio, endógeno y
comunitario, unido al mundo exógeno.
Una nueva forma de hacer
política. Construir y fortalecer el poder de
decisión desde nuestros congresos generales, locales apoyados por
organizaciones indígenas. La necesidad de planificar, prever y proyectar se impone
cada vez más en nuestros pueblos y ajustes organizativos. Tenemos que
comprender que la política indígena desde nuestra cosmovisión nos enseña a ser
constructivos, creativos, a pesar y seguir la solución a los problemas de la
comunidad de modo realista, factible y a no quedarnos en el menor señalamiento
de los defectos y las incapacidades de los demás.
Una nueva forma de producir
la riqueza. Tenemos que elaborar un proyecto para
producir con racionalidad Kuna y distribuir con equidad sus frutos. Desarrollo
en el que todos quepamos. En el que los valores de la solidaridad, comunidad,
intercambio y la espiritualidad comunitaria fundamentan nuestro desarrollo y
producción de los alimentos. Revivir la experiencia de comer y tomar todos del
mismo plato y tinaja.